sábado, 30 de mayo de 2009
domingo, 24 de mayo de 2009
La cena (II)
En el banco que hay frente a él, una mujer se ha sentado con aire despreocupado y, mientras que con una mano busca algo en su bolso, con la otra sostiene una cajetilla de Fortuna. Por su expresión de tedio al acabar de revolver en el bolso, parece no haber encontrado lo que buscaba y en cuestión de segundos se encuentra junto a él pidiéndole fuego amablemente.
-No, no tengo fuego aquí abajo, es una pena.
-Pues sí, sí que es una pena, esto de los apagones me pone nerviosa y la verdad es que me muero por fumarme un cigarro ahora mismo.
-¿Tú también vives en el barrio?, ¿también te has quedado a oscuras?, pregunta Julio un poco tímido.
-Vivo en este edificio al lado del que tú has salido disparado hace un momento. Pensé que te ocurría algo, ¿estás bien ahora?
-No, no es nada, es que la oscuridad, ya sabes...me ha pillado por sorpresa, contesta.
-Ya lo sé, yo no quiero subir hasta que vuelva la luz. No me gusta estar a oscuras y menos cuando estoy sola.
Una complicidad extraña le ha surgido a Julio con esa mujer morena que se le ha puesto a hablar con la tranquilidad de los que se conocen y con la frescura de los que no se saben de nada. Las palabras le salen solas por la boca con una libertad absolutamente ajena a él pero increíblemente grata.
-Mira, a mi tampoco me gusta estar solo y menos cuando la luz no funciona, te propongo cenar en mi casa si quieres, tengo la cena a punto y siempre hago como para dos. Tómalo como lo que es, una ayuda mutua, tú no quieres estar sola y yo tampoco, a mi no me gusta el silencio y a ti la soledad.
Ella lo mira complacida y a pesar de su gesto de confusión ante la propuesta, responde con un sí casi inmediato y desaparecen detrás del portal del edificio de Julio que por primera vez no le parece ni pesado ni gris.
Unas velas y un ambiente íntimo, la cena aún no se ha enfriado y aunque la pasta no está en su punto exacto, se puede comer sin problemas, es fresca y biológica, piensa. Antes de empezar a comer vuelve la luz a la casa, se enciende la cocina, la radio se conecta y ellos se ven completos sin sombras ni intuiciones fisonómicas. En un acto despreocupado, Julio apaga la radio para escuchar la voz de Gloria sin interrupciones y cuando ella ya se había ido prometiendo volver el jueves a cenar de nuevo, Julio se da cuenta que en tres años y medio era la primera noche que por fin Marga se callaba.
-No, no tengo fuego aquí abajo, es una pena.
-Pues sí, sí que es una pena, esto de los apagones me pone nerviosa y la verdad es que me muero por fumarme un cigarro ahora mismo.
-¿Tú también vives en el barrio?, ¿también te has quedado a oscuras?, pregunta Julio un poco tímido.
-Vivo en este edificio al lado del que tú has salido disparado hace un momento. Pensé que te ocurría algo, ¿estás bien ahora?
-No, no es nada, es que la oscuridad, ya sabes...me ha pillado por sorpresa, contesta.
-Ya lo sé, yo no quiero subir hasta que vuelva la luz. No me gusta estar a oscuras y menos cuando estoy sola.
Una complicidad extraña le ha surgido a Julio con esa mujer morena que se le ha puesto a hablar con la tranquilidad de los que se conocen y con la frescura de los que no se saben de nada. Las palabras le salen solas por la boca con una libertad absolutamente ajena a él pero increíblemente grata.
-Mira, a mi tampoco me gusta estar solo y menos cuando la luz no funciona, te propongo cenar en mi casa si quieres, tengo la cena a punto y siempre hago como para dos. Tómalo como lo que es, una ayuda mutua, tú no quieres estar sola y yo tampoco, a mi no me gusta el silencio y a ti la soledad.
Ella lo mira complacida y a pesar de su gesto de confusión ante la propuesta, responde con un sí casi inmediato y desaparecen detrás del portal del edificio de Julio que por primera vez no le parece ni pesado ni gris.
Unas velas y un ambiente íntimo, la cena aún no se ha enfriado y aunque la pasta no está en su punto exacto, se puede comer sin problemas, es fresca y biológica, piensa. Antes de empezar a comer vuelve la luz a la casa, se enciende la cocina, la radio se conecta y ellos se ven completos sin sombras ni intuiciones fisonómicas. En un acto despreocupado, Julio apaga la radio para escuchar la voz de Gloria sin interrupciones y cuando ella ya se había ido prometiendo volver el jueves a cenar de nuevo, Julio se da cuenta que en tres años y medio era la primera noche que por fin Marga se callaba.
La cena (I)
Esa tarde Julio volvió del trabajo más temprano que de costumbre. En un arrebato de cuidarse (como venía escuchando en boca de todos sus amigos últimamente), decidió entrar en una tienda y comprarse uno a uno los ingredientes de la cena que iba a prepararse. Compró cuidadosamente y partió a su casa a dejar que el tiempo y la actividad culinaria ocuparan otra vez la soledad de esa noche. Lavó y picó las verduras, alineaba cada pedazo en la sartén mientras que sus manos, bastante expertas, disfrutaban con la vibración del cuchillo y el repiqueteo irregular del corte.
La cocina, era un espacio amplio y limpio como él, en el aire flotaba el tiempo y en sus oídos la voz de la radio lo acompañaba con una cadencia raspada y tranquila. Cocinar para Julio se había transformado en una terapia desde que Ana se fue. Eran estos momentos, los de picar, mezclar y freir, los únicos que le permitían una comunión transparente consigo mismo, el único espacio donde liberaba su mente y dejaba respirar a sus emociones. Es curioso, desde que me dejaste empecé a cocinar. Al principio, como una simple necesidad alimenticia. Pasé del arroz y las pastas a platos cada vez más sofisticados, quizás por soledad o quizás por aburrimiento, pero ahora al cabo de 3 años y medio me he convertido en un verdadero gourmet, pensaba mientras que rociaba delicadamente con pimienta la salsa blanca que borboteaba en la sartén. La voz de la radio seguía hablando de fondo, Julio nunca la escuchaba, simplemente le gustaba sentir el murmullo de una voz cerca de él porque el silencio a veces es un compañero insoportable. En realidad, desde que estaba solo, el silencio no era otra cosa más que eso, una inquietante asfixia, un intruso incómodo.
Era una voz femenina y madura, siempre la misma cadencia, siempre el mismo ritmo nocturno y pausado de la tertulia y siempre la misma tristeza fingida a la hora de despedirse que dejaba en Julio una nostalgia efímera cada noche. A pesar de la temática miscelánea del programa que conjugaba literatura con entrevistas a artistas y algún que otro concierto clásico, Julio no ponía atención al contenido, es más, había noches que ni siquiera podía recordarlo. Ni las entrevistas ni la música ni los invitados, sólo el tono de voz sublime de Marga, arropador y sereno que venía acompañándolo en sus cenas durante un tiempo ahora demasiado largo.
Hacía tres años y medio que cocinar era un ritual en sus noches, una actividad litúrgica que sólo variaba los ingredientes del plato pero que seguía con orden perfecto, casi maniático. Llegaba a casa, encendía la luz del salón y respiraba hondo cada vez, como llenándose de aire, como tratando de inspirar toda la soledad que flotaba entre esas paredes y que se le había instalado en el pecho. Después siempre lo mismo, dejaba su chaqueta y su maletín de oficinista en la mesa y se dirigía a su santuario de azulejos blancos y ollas vacías. Comenzaba picando la cebolla siempre y dependiendo de la naturaleza de la receta, continuaba con los ingredientes de las salsas o la cocción al horno que era la más lenta. Para ese momento, la voz de Marga ya inundaba la cocina desde hacía un buen rato, exactamente desde que el primer cuchillo había comenzado con el corte mecánico de la cebolla preliminar.
La salsa estaba casi al punto y a la pasta fresca que había comprado esa tarde en la tienda carísima de productos biológicos “para cuidarse” sólo le faltaban 2 minutos según las instrucciones y un poco más de 3 según su intuición de cocinero meticuloso. De repente un pitido agudo y largo se escucha en toda la casa. Cuando este se disipa, viene otro más brusco y seco que finaliza en un apagón de luz total, en la desaparición gradual del color anaranjado de la vitrocerámica y en el silencio rotundo e insoportable de Marga.
Julio se desencaja, no sabe qué hacer, se altera y comienza a respirar cada vez más rápido. Su rutina quebrada, su cena inacabada y el silencio invadiéndolo como un castigo injusto. Mira por la ventana y no hay luz en ningún edifico cercano, es un apagón general en el barrio, la gente ha salido a la calle con linternas y hacen grupitos en la acera. Julio actúa sin demasiado control de sus movimientos, sale violento por la puerta, baja las escaleras de dos en dos corriendo pero a tientas y abre de un empujón el portal pesado y gris de su edificio. Nada más poner un pie en la calle, toma aire y respira, deja que la brisa tibia que precede al verano le toque la cara y haciendo un gesto de calma, sube la mirada y la fija.
La cocina, era un espacio amplio y limpio como él, en el aire flotaba el tiempo y en sus oídos la voz de la radio lo acompañaba con una cadencia raspada y tranquila. Cocinar para Julio se había transformado en una terapia desde que Ana se fue. Eran estos momentos, los de picar, mezclar y freir, los únicos que le permitían una comunión transparente consigo mismo, el único espacio donde liberaba su mente y dejaba respirar a sus emociones. Es curioso, desde que me dejaste empecé a cocinar. Al principio, como una simple necesidad alimenticia. Pasé del arroz y las pastas a platos cada vez más sofisticados, quizás por soledad o quizás por aburrimiento, pero ahora al cabo de 3 años y medio me he convertido en un verdadero gourmet, pensaba mientras que rociaba delicadamente con pimienta la salsa blanca que borboteaba en la sartén. La voz de la radio seguía hablando de fondo, Julio nunca la escuchaba, simplemente le gustaba sentir el murmullo de una voz cerca de él porque el silencio a veces es un compañero insoportable. En realidad, desde que estaba solo, el silencio no era otra cosa más que eso, una inquietante asfixia, un intruso incómodo.
Era una voz femenina y madura, siempre la misma cadencia, siempre el mismo ritmo nocturno y pausado de la tertulia y siempre la misma tristeza fingida a la hora de despedirse que dejaba en Julio una nostalgia efímera cada noche. A pesar de la temática miscelánea del programa que conjugaba literatura con entrevistas a artistas y algún que otro concierto clásico, Julio no ponía atención al contenido, es más, había noches que ni siquiera podía recordarlo. Ni las entrevistas ni la música ni los invitados, sólo el tono de voz sublime de Marga, arropador y sereno que venía acompañándolo en sus cenas durante un tiempo ahora demasiado largo.
Hacía tres años y medio que cocinar era un ritual en sus noches, una actividad litúrgica que sólo variaba los ingredientes del plato pero que seguía con orden perfecto, casi maniático. Llegaba a casa, encendía la luz del salón y respiraba hondo cada vez, como llenándose de aire, como tratando de inspirar toda la soledad que flotaba entre esas paredes y que se le había instalado en el pecho. Después siempre lo mismo, dejaba su chaqueta y su maletín de oficinista en la mesa y se dirigía a su santuario de azulejos blancos y ollas vacías. Comenzaba picando la cebolla siempre y dependiendo de la naturaleza de la receta, continuaba con los ingredientes de las salsas o la cocción al horno que era la más lenta. Para ese momento, la voz de Marga ya inundaba la cocina desde hacía un buen rato, exactamente desde que el primer cuchillo había comenzado con el corte mecánico de la cebolla preliminar.
La salsa estaba casi al punto y a la pasta fresca que había comprado esa tarde en la tienda carísima de productos biológicos “para cuidarse” sólo le faltaban 2 minutos según las instrucciones y un poco más de 3 según su intuición de cocinero meticuloso. De repente un pitido agudo y largo se escucha en toda la casa. Cuando este se disipa, viene otro más brusco y seco que finaliza en un apagón de luz total, en la desaparición gradual del color anaranjado de la vitrocerámica y en el silencio rotundo e insoportable de Marga.
Julio se desencaja, no sabe qué hacer, se altera y comienza a respirar cada vez más rápido. Su rutina quebrada, su cena inacabada y el silencio invadiéndolo como un castigo injusto. Mira por la ventana y no hay luz en ningún edifico cercano, es un apagón general en el barrio, la gente ha salido a la calle con linternas y hacen grupitos en la acera. Julio actúa sin demasiado control de sus movimientos, sale violento por la puerta, baja las escaleras de dos en dos corriendo pero a tientas y abre de un empujón el portal pesado y gris de su edificio. Nada más poner un pie en la calle, toma aire y respira, deja que la brisa tibia que precede al verano le toque la cara y haciendo un gesto de calma, sube la mirada y la fija.
sábado, 9 de mayo de 2009
Luminiscencia
Probablemente podría recorrer tu espalda a caballo y sumergirme en la poza tibia de tu pecho, durante horas. Probablemente mis sueños son del mismo color que tienen tus ojos y están fabricados de aquel material del que me hablabas: de ficción. ¡De ficción estamos hechos!, te gritaba, mientras tú seguías buscando sinónimos de la palabra fosforescencia en tu diccionario de ficciones. Fotogénesis, fluorescencia, fotoluminiscencia, luminiscencia, sí...también nos pensábamos luminiscentes.
Jugabas a a encontrarme en las habitaciones a oscuras y me dabas nombres y me inventabas reinos y me pedías que no hablara, que preferías el silencio. Pero yo volvía a preguntarte de nuevo, ¿de qué color son mis sueños?, dime, ¿de qué material están hechos mis sueños?.
Jugabas a a encontrarme en las habitaciones a oscuras y me dabas nombres y me inventabas reinos y me pedías que no hablara, que preferías el silencio. Pero yo volvía a preguntarte de nuevo, ¿de qué color son mis sueños?, dime, ¿de qué material están hechos mis sueños?.
viernes, 24 de abril de 2009
El sauce llorón
Presenciaste día a día la muerte del sauce como quien es testigo de una tragedia teatralizada. Yo te observaba por las tardes cuando a tu hora preferida, esa en la que el cielo se arremolina, como decías, podías permanecer observando durante ratos largos como ese gigante encorvado iba cediendo a su suerte. Era como presenciar la muerte de un coloso, pero no, para tí era algo más; para tí era algo más que la muerte de un árbol, por lo menos eso me indicaban tu expresión ensimismada, tu rostro de incomprensión frente a la escena y el movimiento de tu dedo índice chocando con el pulgar con insistencia, señal inequívoca y maniática de tu nerviosismo que tanto llegué a conocer.
El sauce se desplomaba poco a poco y tú me decías que te daba pena, que te daba tanta pena como ese árbol llorón te dejaba...
Pasaron 7 días, una semana exacta para que aquel Hércules llegara al fondo de su decandencia y se desplomara dejando 50 años de madera y de ramas, de historias y de conversaciones a su sombra, de niños que se hicieron grandes y de niñas que se volvieron viejas.
Pasaron 7 días exactos en los que te acompañé, inexperta, tocando tu brazo con cariño y viví contigo como aquel hongo de la miel se lo comía. 7 días son tan pocos para llevarse tanta vida, me decías. Y recogimos sus trozos y limpiamos su presencia inherte. Nos inventamos otra sombra para comer en primavera y para dormir la siesta en las tardes de verano; ya no habían niños para jugar en sus ramas robustas y no tuvimos que inventarnos otro sauce para que saltaran en sus ramas.Y la vida siguió sin en el sauce. Pero ahora, ahora tú tampoco estás...también te llevó un hongo tan rápido que yo,inexperta,sólo atiné a quedarme perpleja.
La diosa ha muerto grandiosa como el final de una ópera. Y repartimos tus recuerdos en dunas de arena y he guardado, aquí, en mi pecho tu presencia. ¿Qué pensarías entonces? ¿Qué sabía el cáncer de tí en aquella época?
El sauce se desplomaba poco a poco y tú me decías que te daba pena, que te daba tanta pena como ese árbol llorón te dejaba...
Pasaron 7 días, una semana exacta para que aquel Hércules llegara al fondo de su decandencia y se desplomara dejando 50 años de madera y de ramas, de historias y de conversaciones a su sombra, de niños que se hicieron grandes y de niñas que se volvieron viejas.
Pasaron 7 días exactos en los que te acompañé, inexperta, tocando tu brazo con cariño y viví contigo como aquel hongo de la miel se lo comía. 7 días son tan pocos para llevarse tanta vida, me decías. Y recogimos sus trozos y limpiamos su presencia inherte. Nos inventamos otra sombra para comer en primavera y para dormir la siesta en las tardes de verano; ya no habían niños para jugar en sus ramas robustas y no tuvimos que inventarnos otro sauce para que saltaran en sus ramas.Y la vida siguió sin en el sauce. Pero ahora, ahora tú tampoco estás...también te llevó un hongo tan rápido que yo,inexperta,sólo atiné a quedarme perpleja.
La diosa ha muerto grandiosa como el final de una ópera. Y repartimos tus recuerdos en dunas de arena y he guardado, aquí, en mi pecho tu presencia. ¿Qué pensarías entonces? ¿Qué sabía el cáncer de tí en aquella época?
sábado, 18 de abril de 2009
Flor seca
A veces me gustaría colgar mis pensamientos
como una flor seca.
Hacia abajo, paciente, quieta.
Dejar caer los brazos lánguidamente,
sin buscar dirección ni puerto.
¡Abrazar la vanidad más atrevida!
A veces me gustaría colgar el eco de tu voz en mi voz,
insensibilizar el sentido que me embarga,
coquetear con el sueño más profundo
mientras el mundo, afuera, se desarma.
A veces me gustaría anestesiar mi cabeza,
tratar de poner movimiento a mi pausa ingrávida.
Catarsis neuronal por momentos.
Catarsis corporal por defecto.
A veces me gustaría enmudecer las caricias
que mañana mostrarán las garras,
tratar de curar despedidas,
olvidar las palabras.
como una flor seca.
Hacia abajo, paciente, quieta.
Dejar caer los brazos lánguidamente,
sin buscar dirección ni puerto.
¡Abrazar la vanidad más atrevida!
A veces me gustaría colgar el eco de tu voz en mi voz,
insensibilizar el sentido que me embarga,
coquetear con el sueño más profundo
mientras el mundo, afuera, se desarma.
A veces me gustaría anestesiar mi cabeza,
tratar de poner movimiento a mi pausa ingrávida.
Catarsis neuronal por momentos.
Catarsis corporal por defecto.
A veces me gustaría enmudecer las caricias
que mañana mostrarán las garras,
tratar de curar despedidas,
olvidar las palabras.
lunes, 13 de abril de 2009
Dos semanas
Ella era rubia, de ese tipo de rubio que sólo tienen las personas nórdicas, casi blanco; un rubio que más que rubio es una ausencia de color. Él ya tenía el pelo totalmente blanco y, adivinando, por su fisonomía y el color casi transparente de sus ojos, no debía haber sido muy distinto a ella en ese sentido en su juventud, si no rubio, de pelo castaño muy claro. Ambos rondaban, pienso, la sesentena pero reían y miraban su entorno con las curiosidad de los niños, con los ojos grandes abiertos generosamente y una sonrisa displicente dibujada en el rostro.
Ella daba muestras de haber sido una mujer muy bella años atrás. Con un cuerpo silueteado y unas piernas firmes, no dudaba en pasear por el jardín de la casa donde alojaban cubierta con un pareo de color morado, con minifaldas muy ajustadas o, incluso en bikini durante los días de más calor. Él no se quitaba nunca unos pantalones cortos de leñador y rara vez dejaba al descubierto su torso, sin embargo, y a juzgar por la fuerza con que cortaba la leña cada tarde, seguramente gozaba de una musculatura de hombre delgado pero consistente.
Se reían, se miraban durante minutos largos y se regalaban sonrisas mientras tomaban el té en el jardín de la casa. Siempre la mesa rebosante de pasteles alemanes, siempre las tostadas de pan oscuro y una tetera blanca coronando la escena. Él leía durante estas largas sesiones que compartían cada día a media mañana y a media tarde. En realidad, nunca los ví comer otra cosa que no fuera un kuchen o cualquier otro pastel alemán, es decir, nunca los ví compartiendo un solomillo o un pollo al curry y tampoco los ví beber otra cosa que no fuera té; aunque, estoy segura que lo hacían, pero en el interior de la casa probablemente, donde yo ya no podía verlos.
Ella, entre taza y taza de té, cosía telas de colores, unía retales de materiales diversos, ora terciopelo, otrora seda o tejido vaquero y les daba forma con una pequeña máquina de coser de viaje que parecía más bien de mentira. De vez en cuando, perdía la mirada en el horizonte y cerraba los ojos como tratando de saborear el aire. Una breve pero rotunda expresión de gozo.
Se miraban. ¡Dios con cuánta dulzura se miraban! Y yo me preguntaba cuál sería el secreto de su aparente felicidad de pareja madura, de qué manera dos personas pueden compartir tantos años sin aburrirse el uno del otro y no terminar odiando los tés a media tarde y el mismo cuerpo, siempre, a tu lado en la cama.
- Quince días al año, me dijo el dueño de la casa cuando me sorprendió embobada observándolos una tarde en el jardín.
-Quince días durante veinte años seguidos, no está mal, ¿no crees?, me increpó.
-¿Cómo?, respondí sin entender exactamente a qué se refería.
-Llevan viniendo veinte años siempre en la misma fecha, durante la misma cantidad de días. Cada uno deja su vida en espera y se reúnen aquí para vivir esta otra vida de quince días cada primavera, continuó.
Marion era una mujer casada, tenía dos hijas ya de 35 y 37 años y tres nietos pequeños y rubios como ella. Paul era soltero pero sólo por decisión propia, pues había sido un joven apuesto y acomodado a quien no le faltaron oportunidades ni amores prometedores, pero era una persona solitaria y la idea de compartir la vida con alguien durante más de quince días nunca le había llegado a seducir del todo. Así que dejó pasar varias mujeres maravillosas por su vida que se fueron de la misma manera que llegaron, en silencio. Los dos eran profesores en Alemania y se habían conocido veinte años atrás trabajando para una pequeña escuela de un pueblo cercano a Frankfurt donde Marion impartía clases de arte y Paul de historia a jóvenes de secundaria.
Sus vidas ya estaban trazadas cuando se cruzaron; ella casada, con dos hijas y un marido al que quería como a un compañero imprescindible, y él que para ese entonces ya había tomado el camino de la soledad. Se enamoraron, pero se enamoraron como se enamoran los marineros, con la conciencia de otros puertos, con el fervor de la intermitencia y con la absoluta necesidad del reencuentro. Se escapan dos semanas cada primavera a aquel lugar anónimo a acariciarse, a regalarse por un breve espacio de tiempo lo que el uno podría haber sido para el otro cada día, pero lo que en quince días cada vez nunca se agota. Y de esta forma, sólo de esta forma, parece que lo han convertido en eterno.
Ella daba muestras de haber sido una mujer muy bella años atrás. Con un cuerpo silueteado y unas piernas firmes, no dudaba en pasear por el jardín de la casa donde alojaban cubierta con un pareo de color morado, con minifaldas muy ajustadas o, incluso en bikini durante los días de más calor. Él no se quitaba nunca unos pantalones cortos de leñador y rara vez dejaba al descubierto su torso, sin embargo, y a juzgar por la fuerza con que cortaba la leña cada tarde, seguramente gozaba de una musculatura de hombre delgado pero consistente.
Se reían, se miraban durante minutos largos y se regalaban sonrisas mientras tomaban el té en el jardín de la casa. Siempre la mesa rebosante de pasteles alemanes, siempre las tostadas de pan oscuro y una tetera blanca coronando la escena. Él leía durante estas largas sesiones que compartían cada día a media mañana y a media tarde. En realidad, nunca los ví comer otra cosa que no fuera un kuchen o cualquier otro pastel alemán, es decir, nunca los ví compartiendo un solomillo o un pollo al curry y tampoco los ví beber otra cosa que no fuera té; aunque, estoy segura que lo hacían, pero en el interior de la casa probablemente, donde yo ya no podía verlos.
Ella, entre taza y taza de té, cosía telas de colores, unía retales de materiales diversos, ora terciopelo, otrora seda o tejido vaquero y les daba forma con una pequeña máquina de coser de viaje que parecía más bien de mentira. De vez en cuando, perdía la mirada en el horizonte y cerraba los ojos como tratando de saborear el aire. Una breve pero rotunda expresión de gozo.
Se miraban. ¡Dios con cuánta dulzura se miraban! Y yo me preguntaba cuál sería el secreto de su aparente felicidad de pareja madura, de qué manera dos personas pueden compartir tantos años sin aburrirse el uno del otro y no terminar odiando los tés a media tarde y el mismo cuerpo, siempre, a tu lado en la cama.
- Quince días al año, me dijo el dueño de la casa cuando me sorprendió embobada observándolos una tarde en el jardín.
-Quince días durante veinte años seguidos, no está mal, ¿no crees?, me increpó.
-¿Cómo?, respondí sin entender exactamente a qué se refería.
-Llevan viniendo veinte años siempre en la misma fecha, durante la misma cantidad de días. Cada uno deja su vida en espera y se reúnen aquí para vivir esta otra vida de quince días cada primavera, continuó.
Marion era una mujer casada, tenía dos hijas ya de 35 y 37 años y tres nietos pequeños y rubios como ella. Paul era soltero pero sólo por decisión propia, pues había sido un joven apuesto y acomodado a quien no le faltaron oportunidades ni amores prometedores, pero era una persona solitaria y la idea de compartir la vida con alguien durante más de quince días nunca le había llegado a seducir del todo. Así que dejó pasar varias mujeres maravillosas por su vida que se fueron de la misma manera que llegaron, en silencio. Los dos eran profesores en Alemania y se habían conocido veinte años atrás trabajando para una pequeña escuela de un pueblo cercano a Frankfurt donde Marion impartía clases de arte y Paul de historia a jóvenes de secundaria.
Sus vidas ya estaban trazadas cuando se cruzaron; ella casada, con dos hijas y un marido al que quería como a un compañero imprescindible, y él que para ese entonces ya había tomado el camino de la soledad. Se enamoraron, pero se enamoraron como se enamoran los marineros, con la conciencia de otros puertos, con el fervor de la intermitencia y con la absoluta necesidad del reencuentro. Se escapan dos semanas cada primavera a aquel lugar anónimo a acariciarse, a regalarse por un breve espacio de tiempo lo que el uno podría haber sido para el otro cada día, pero lo que en quince días cada vez nunca se agota. Y de esta forma, sólo de esta forma, parece que lo han convertido en eterno.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)