jueves, 12 de noviembre de 2009

Ay yayay



Ay yayay, la nota entra y se cuelga por el lado derecho de mi pecho y gira; se estira y se contrae,...ay yayay, hace fuerza y se acalambra.
Ay yayay, se contonea...y se expande, parece querer ocupar todo el espacio infinito de mi alma. Se retuerce en esterores y me quejo, ay yayay...mis manos no llegan y mi cabeza, a veces se desata.
Ahora ponte de pie y baila.
Ay yayay, tengo notas en mi pecho. Si afino el oído, puedo oirla: es la música del alma. Sinfonías bautismales, melodías sacras, el alma se ha perdido en África y el vellocino de oro lo guardo debajo de mi cama.
¿Y la esencia y la corrupción de la manzana? ¿Y la alquimia de las tormentas? ¿Y París y las lunas plateadas?
¿Y las gotas de la sabiduría? ¿Y mis antípodas enfurecidas? ¿Acaso nadie sabe dónde está el ancla?
Yo la he visto y reina los mares, tan pesada como el acero, tan inmensa como la nada.
Un universo entre tus dedos y una caricia mal gastada.
Ay yayay, se alejan los días de septiembre, ay yayay mi nostalgia se embarca.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Alejandro

-Abrázame que me caigo, me decía el niño-hombre cada vez que venía el viento. Su gorra azul salía disparada con las ráfagas violentas y lo dejé solo, desprotegido en mitad de la calle, para ir detrás de su gorra. Benévolo, me miraba dándome la aceptación al gesto, pues el sol molestaba demasiado a sus ojos con síndrome de down. Sólo quería su gorra azul, aunque el viento fuera un peligro inminente que podía derrumbarlo, aunque una ráfaga lo dejara indemne y a merced de la voluntad de quien pasara.
Se llamaba igual que yo y también era sagitario. Alejandro tenía 43 años y era un adorador de las palabrotas que de inmediato retiraba con un perdón fingido.
Una inmovilidad en la parte izquierda del cuerpo, le obligaba a un paso lento y a un pánico constante al desequilibrio y a caer de bruces contra el suelo. Y paseaba solo.
Pedía a quien pasara que lo ayudara a cruzar los semáforos y si el tiempo y la generosidad daban, se prestaba para responder preguntas a cambio de unas calles más de apoyo a su paso lento e inseguro. Le asustaba el viento y Alejandro paseaba solo.
La gorra voló tres veces y tres veces lo dejé solo contra el viento.
-Alejandra, cógeme que me caigo, repetía.
Tardamos 45 minutos en cruzar tres semáforos y caminar una calle más, y allí me despedí. Caminó solo hacia su casa, perdiendo el equilibrio mientras se despedía con su única mano viva. Y yo me di la vuelta sintiéndome culpable y apresuré el paso porque la hora de comer ya había pasado y Alejandro me había desviado del que era mi objetivo antes de encontrarlo: comer temprano para dormir una siesta. Y me alejé rápido sin tener temor del viento. Y comí tarde, y no dormí la siesta y el día que había planeado empezó a salir al revés y el viento, ahora, ha empezado a asustarme.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Olvido

A veces me duele el cuello de sostener tanto mi cabeza. 24 horas al día y 365 días al año de sostén sin tregua.
A veces sucede que cuando me levanto por las mañanas tengo los pies fríos aún de la noche y, entonces, sospecho que por entre las sábanas se ha colado un trozo de tristeza.
Los viernes,a partir de la media noche, mi cuerpo tiembla durante breves sacudidas; cada 12 minutos exactamente y sólo hasta las dos de la madrugada. Es el metro que pasa por debajo de mi casa.
A veces se me escapa el olvido al abrir la puerta y lo encuentro escondido debajo del rellano de la escalera. Otras, ocupa todo el sofá con insolencia y no se mueve ni a palos...maldito gato invisible que araña.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Otra vez la luna...

La loca está hecha un mar de lágrimas...todo le sale mal, pone mal la cortina, le toman el pelo en telefónica, elige un teléfono que no le gusta, tiene frío y no hay bombona, se ha roto las medias con la cremallera de las botas, sigue comiendo bocatas cuando detesta comer pan, necesita un cigarro de forma indiscutible y se le ha perdido la cajetilla que da vueltas en el bolso hace días. Además, ha hecho una transferencia de números desorbitantes y se han equivocado en el banco. La loca ha visto la luna,...y se pregunta por qué será que esa luminiscencia nívea, siempre termina por invadirla. Y siempre...con el mismo lacrimógeno resultado.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Desde aquí

Y desde aquí creo que vuelvo a la calma,
desde aquí a mirar el mar que es redondo y a caminar por la noche callada.
Desde aquí mi origen y mi viento,
desde aquí mi cabeza estrellada.

Y desde aquí las campanas nocturnas, las ocas medio locas y las calas empedradas.
Desde aquí los recuentos amargos, los principios ingenuos y las clausuras pensadas.
Desde aquí mis manos abiertas, mi pecho flotando y mi piel que te extraña.

martes, 25 de agosto de 2009

Supermeteoro

No quiero más una boca pequeña, ni una mano entreabierta, ni un te quiero apagado.
No quiero más un amor cobarde, ni una lágrima seca, ni silencios ahogados.
Quiero vivir de verdad; sin miedos.
Quiero que se abra el sol allá arriba.
Quiero retener para siempre mi capacidad de sorpresa.
Quiero llegar a las cimas porque, en realidad, siempre he preferido ser un supermeteoro brillante a un planeta dormido.

martes, 11 de agosto de 2009

Tierra mineral

Creo que entre los colores anaranjados que tiñen la montaña ahora, corren disimulados mis sueños.
Creo que podría dibujar mi historia con el polvo que ha dejado la huella de mi caballo,...detrás del tiempo.
La tierra mineral está caliente. La tierra es del sulfato y del cobre del arriero.
Un perro me ha seguido hasta casa y me acuna el sonido desolado de las luciérnagas.
Esta noche me he dado cuenta que el cielo es como un gran colador negro.

sábado, 8 de agosto de 2009

Sin armadura

Desnuda, sin armadura. La entrega a la vida sin anestesia.
Recoger todos estos pedacitos y reconstruir con ellos mi alma de colores.
Extrañada, emocionada, entregada a lo que siento.
Hoy me ha hablado de ti un colobrí andino.
Hoy, háblame despacio,...y entre silencios déjame sentir esto que siento.

domingo, 2 de agosto de 2009

...y si encuentro un cometa no descarto cogerme de su cola a ver dónde me lleva.

jueves, 30 de julio de 2009

ganas

tengo ganas y necesidad de reencontrar los afectos, de pasear por lugares conocidos y de acariciar a mi perra vieja.
tengo ganas de estar cerca del cielo y de mirar la vida con la perspectiva de los años.
tengo ganas de reconocer el paso del tiempo en la faz de mi padre.
tengo ganas de colgarme de un volcán encendido.

sábado, 11 de julio de 2009

Hoy

Hoy estoy reordenando mi vida en un espacio conocido, estoy abriendo cajones, desechando cosas y tratando de limpiar los rincones que se han llenado de polvo; también de tristeza.
Hoy encuentro pedazos del amor entre las cajas, dentro de los libros, debajo de un lagarto. Las cartas, todas las palabras que se han quedado aquí conmigo...manifiestos de amor que me hacen recordar que me quisiste mucho...y tú me dirás, desde tu mirada altiva que conozco que el amor va y viene, que igual que llega se va y yo sólo atinaré a soltar una lágrima pesada, asintiendo a la sentencia.
La impotencia de no poder compartir esto contigo porque somos diferentes, porque la lógica parece ser la única aliada ahora que igual que entiendo, a ratos me la salto irreverente.
Y yo seguiré componiendo palabras que ya no estarán a tu lado y nadando en mis mares propios, en mis aguas de locura pero también de ternura. Y yo seguiré contando las estrellas y buscando el conejo austral que se esconde en la luna. Pero la luna mengua...
Y a veces todo tiene sentido y a veces me pierdo en la ausencia y me muestro débil, fuerte, agresiva, indefensa...me muestro y me entrego, así como soy, a veces loca y a veces, tierna.

viernes, 19 de junio de 2009

Desde mi altura

Desde mi altura, desde este rincón que no sé a qué hora amanece y desde esta inercia que a veces me lleva, puedo oir todavía una cadencia de voz que no termina de desvanecerse. Añeja, llena del polvo del recuerdo, es una inmutable memoria acústica que me invade y me dejo. Me lleva y yo me dejo a su suerte, a la mía, que a ratos me aterra.
Oigo, retozo en su timbre conocido y me inundo de tonos pasados, tan muertos como inerte está el pasado. Nada más que eso, pasado que no ha dejado de respirar en alguna esquina dormida de mi alma que no encuentro.

Desde esta altura que desde lo subterráneo me hace pensar en cielos claros y nubes blandas, desde el dolor de un golpe contra el suelo duro y sucio, desde la incertidumbre que nos envuelve, desde esas alturas limpias que están lejos, desde mí, te pienso.

domingo, 14 de junio de 2009

El Desván I

Pablo tiene en su pecho un remolino, otra vez la misma sensación que no lo deja pensar. Enciende un cigarro, cualquier cosa que lo mantenga activo y que no le permita caer en el letargo amargo que le han provocado sus palabras. Malditas palabras que le martillean la cabeza como un zumbido y maldita emoción que lo está estrangulando. Toma aire y se lava la cara, tiene que volver a trabajar al restaurante.
Hoy toca turno de noche y, como es viernes, tiene la experiencia suficiente como para saber que no saldrá de allí hasta las 3 de la madrugada. El aire fresco del camino le ha permitido calmar su mente. Termina su cigarro en la puerta y, como es de cristal, puede ver a Marc que le sonríe desde dentro con cordialidad. Pablo finge una sonrisa rígida y mueve la cabeza en acto de saludo. Se dispone a perder sus pensamientos entre la carta de vino y las sugerencias del chef para esta noche.
Marc es compañero de trabajo desde que Pablo entró a servir platos en “El Desván” hace un año y medio. Las jornadas de 10 y 12 horas con sus largas tardes sin clientes y todas las noches que se han quedado bebiendo a destajo, han forjado una amistad cercana entre los dos. Marc es fanfarrón y Pablo demasiado tímido, Marc es una de esas personas que tiene una conexión completa con el presente y Pablo, sin embargo, siente el futuro como una sombra amenazante. Dos hombres distintos que han aprendido a quererse a fuerza de pasar horas juntos, por necesidad e incluso por admiración. Se comprenden el uno al otro aunque no comparten casi ninguna idea.
Empieza el bullicio y los clientes, como pasa siempre, parecen ponerse de acuerdo para llegar todos a la vez. En la cocina, los chefs ya han comenzado a dar gritos a mansalva. Hasta el nuevo, que es chino y concentrado, no ha tardado en darse cuenta de la ley marcial que gobierna la cocina y en menos de una semana ya deja oír sus gritos incomprensibles en lo que Pablo piensa que es mandarín. El Chino, como lo llaman todos por la imposibilidad de pronunciar su nombre, vocifera e insulta sin ser tomado en cuenta por el resto. Se le ha quemado un pato al horno y le han traído una ensalada de vuelta porque ha confundido el repollo por betarraga.
Pablo se sumerge en la actividad frenética de un viernes por la noche en “El Desván”. Mientras que la noche se va acabando y los clientes comienzan a marcharse, se la imagina sonriendo en un bar, absolutamente ajena al sufrimiento que a él lo embarga.
Camina hacia su casa, ¿dónde estará ahora?,piensa.
Se acurruca en la cama y consigue atrapar el sueño en unos minutos o unas horas, no lo sabe porque cuando está así, también el tiempo pierde su forma. Cuando la mañana empieza a despertar en la ciudad, la luz se cuela en la habitación dándole un golpe de realidad. Se ha quedado dormido vestido y absolutamente aturdido por la imposibilidad de poseerla.
No sabe qué hora es, mira hacia su ventana y distingue la luz grisácea que cubre la ciudad en invierno en las primeras horas de sol. Es un color gris y brillante que siempre va acompañado de los bocinazos de algún conductor apurado. A Pablo esa luz vuelve a sumirlo en la melancolía. Por un momento maldice haberla conocido esa mañana cuando Laura entró a “El Desván” pidiendo trabajo.
- Hola, me llamo Laura, llevo poco tiempo en la ciudad y busco trabajo. ¿Necesitáis alguna camarera?
La frescura de su rostro, el acento cantado y su porte eslavo y claro aturdieron a Pablo que observaba la escena desde la cocina.
-El jefe no esta ahora,respondió Marc con su voz más seductora. Si quieres vuelve a las 5 esta tarde.
- Muy bien, dijo Laura, seguido de un gracias rotundo y sonoro propio de las personas que en su lengua natal tienen una erre sonora y rotunda también.
Laura no volvió esa tarde a las 5, pero Pablo pasó toda la noche tocando su saxo absolutamente sumergido en los ojos de esa chica. ¿Quién era?, ¿donde vivía?, ¿sus manos eran grandes o pequeñas? Y su olor, ¿como sería?
Pasaron un par de días con la rutina habitual y esa noche Marc estaba más excitado que de costumbre así que quiso cambiar la copa de siempre por una visita a un bar con mujeres complacientes y luces de neón. Pablo no pertenece a ese tipo de tugurios pero, ¡qué diablos!, una copa no le hace daño a nadie y además, podría entretenerse un rato observando los artificios de seducción de su amigo.

El Desván II

Al segundo trago de whisky Marc comenzó la cacería con mirada selectiva. Al cabo de 10 minutos Pablo se había quedado solo en la barra frente a una camarera con el torso desnudo que lo miraba con expresión de tedio. Marc se reía a carcajadas unos sofás mas allá junto a dos mujeres morenas, como a él le gustaban, que no paraban de besarlo y ofrecerle más y más whisky.
Pablo se sintió solo por un momento y llevó sus ojos hasta el final de la barra donde distinguió una figura delgada, con minifalda roja y unos tacones demasiado altos como para poder caminar. Una cabellera rubia y ondulada le cubría la cara. La chica se giró y fijó sus ojos azules en los de Pablo. Se le acercó con decisión y se sentó a su lado. Para entonces, Pablo estaba desencajado porque nunca había sabido reaccionar frente a una mujer con las cosas más claras que él. Avergonzado, no se atrevía a mirarla y permaneció unos segundos en silencio hasta que la chica le colocó la mano en su entrepierna y pidió dos whiskies más a la camarera. Pablo la miró nervioso, la erección en su entrepierna crecía y crecía entre la manos de esa chica. La miró a la cara por fin y comprobó sus ojos, sus rasgos finos y su piel blanca. Detrás de todo ese maquillaje y de la mata de pelo con demasiada laca y voluptuosidad había un rostro dulce y familiar.
-Te conozco, le dijo.
La chica se quedó muda, en ese tipo de negocios no conviene conocer a los clientes.
-Hay habitaciones a 100 euros o si prefieres podemos ir a tu casa, el precio sube pero la atención es totalmente personalizada.
El chasquido de sus erres la delataban y Pablo se la imaginó sin maquillaje, con el pelo recogido en una cola y sin tacones ni minifalda. Era ella,la misma chica que no volvió a las 5 de la tarde y que lo había dejado sumido en una extraña ensoñación toda aquella noche.
La chica empezaba a inquietarse y cuando hizo ademán de levantarse frente al silencio absorto de Pablo, éste se despertó y dijo sin titubear que fueran a su casa, que no le importaba el precio.
Cuando llegaron a su casa, la chica se sentó en silencio en el sofá como esperando alguna orden. Su actitud era indiferente y Pablo, al verla sentada, con la mirada perdida y fumando un cigarro lentamente, perdió el control de su estrategia y se quedó sin próximo movimiento. Pablo no pretendía tener sexo con ella, pero eso sería difícil de hacerle entender a una puta. Cómo iba a explicarle a esa musa maquillada que la había llevado allí para conocerla, para saber su nombre, para descubrir su olor. No quería sexo pero estaba dispuesto a pagarle lo acordado, solo quería su nombre, su procedencia.
-¿Cómo te llamas?
-Me llamo Laura y vengo de Rusia, y tú, ¿cómo te llamas tú?
-Yo soy Pablo y no sé muy bien de dónde vengo. Nací en un pueblo en el sur pero vine aquí a los 17 años para ser músico.
- Entonces, ¿has conseguido ser músico o no?, ¿qué es lo que tocas?
-El saxofón, pero la verdad es que soy más camarero que músico. Trabajo en un restaurante de por aquí cerca, se llama “El Desván”,¿lo conoces?
Laura enrojeció un poco, claro que conocía “El Desván” y adivinó enseguida que Pablo sabía quién era ella desde el momento en que se le acercó en el bar. Titubeó, movió la cabeza y encendió otro cigarro. Sin necesidad de la introducción de Pablo, Laura comenzó a hablar como para sí misma.
-A veces me desespero y quiero salir de este negocio pero después saco cuentas y me convenzo de que no está tan mal. Gano más dinero que en cualquier trabajo que mi situación de extranjera me permite hacer aquí.
Laura, expiró con lentitud el humo del cigarro y se quedó unos instantes mirando a la nada.
-Entre las chicas del prostíbulo nos apoyamos y una vez que aprendes a no mirar la cara del que te está penetrando, puedes terminar la noche sin que la pena te pueda. Hay días en que no lo veo así, entonces me lanzo a la ciudad a buscar trabajo en los bares, los supermercados, las tiendas... Así llegue a “El Desván”, lo sabías, ¿verdad?.
Pablo asintió con la cabeza. Estaba absolutamente invadido por el movimiento de sus labios, por el tono de su voz y por su forma de pestañear lenta y perezosa. Laura se había despojado de su papel de mujer pagada y actuaba con total naturalidad desde que entraron a casa de Pablo. Sabía que esa noche no era sexo lo que podía ofrecerle a su cliente y le siguió el juego tierno a Pablo preguntándole cosas y dejando que se quedara absorto mirándola.
Se hizo tarde, Laura miró el reloj y Pablo no tardó en sentir la angustia de su ausencia.
-No te vayas, Laura. Quédate conmigo.
-Pablo, me están esperando, nosotras no dormimos con clientes. Te puedes buscar un buen problema.
-No me importa, quédate conmigo.
Laura se acercó, le estiró la mano en señal de petición o más bien de mandato y Pablo comprendió los límites metálicos del amor. Le extendió el dinero y Laura lo contó rápidamente, se lo metió en el bolso y le dió un beso lento y húmedo. Cerró la puerta con prisa y Pablo pudo escuchar el tintineo de sus tacones hasta que casi hubo salido del edificio. No quería perder el sabor de su saliva, el olor que había dejado en el aire. No quería perderla.

Pablo llevaba meses gastando hasta lo último de su sueldo de camarero en pasar noches con ella. A veces sólo era para llevarla a su casa y hablar de cosas mundanas como hacen los novios. Otras también entraba sexo en la cita, la entrega completa de Pablo a sus caricias y a sus susurros felinos.
-Pablo, no te quiero. No juguemos al amor, ¿no te das cuenta que soy una puta?,le decía Laura cuando lo veía frente a ella exclamando amor en cada uno de sus movimientos.
-Mírate, mira tu expresión patética de niño enamorado. Déjate de romanticismos y fóllame que a eso hemos venido.

El dia ya había avanzado y la luz que antes era gris y melancólica, ahora entraba clara a la habitación de Pablo. Se ha ido, me ha dicho que no la siga, que soy como una pesadilla, piensa.
Se sienta en la cama y mira el reloj, sólo quedan unas horas para empezar otra noche en “El Desván”. Mira por la ventana y se siente ligero, respira, puede respirar sin sentir por fin esa presión en el pecho. Se levanta y no se acuerda del teléfono y cierra la puerta pensando que debería tocar esta noche porque hace tiempo que no ensaya.

sábado, 30 de mayo de 2009

La distancia que separa tu beso de mi boca varía a trompicones y se deshace y vuelve como la marea.

domingo, 24 de mayo de 2009

La cena (II)

En el banco que hay frente a él, una mujer se ha sentado con aire despreocupado y, mientras que con una mano busca algo en su bolso, con la otra sostiene una cajetilla de Fortuna. Por su expresión de tedio al acabar de revolver en el bolso, parece no haber encontrado lo que buscaba y en cuestión de segundos se encuentra junto a él pidiéndole fuego amablemente.
-No, no tengo fuego aquí abajo, es una pena.
-Pues sí, sí que es una pena, esto de los apagones me pone nerviosa y la verdad es que me muero por fumarme un cigarro ahora mismo.
-¿Tú también vives en el barrio?, ¿también te has quedado a oscuras?, pregunta Julio un poco tímido.
-Vivo en este edificio al lado del que tú has salido disparado hace un momento. Pensé que te ocurría algo, ¿estás bien ahora?
-No, no es nada, es que la oscuridad, ya sabes...me ha pillado por sorpresa, contesta.
-Ya lo sé, yo no quiero subir hasta que vuelva la luz. No me gusta estar a oscuras y menos cuando estoy sola.
Una complicidad extraña le ha surgido a Julio con esa mujer morena que se le ha puesto a hablar con la tranquilidad de los que se conocen y con la frescura de los que no se saben de nada. Las palabras le salen solas por la boca con una libertad absolutamente ajena a él pero increíblemente grata.
-Mira, a mi tampoco me gusta estar solo y menos cuando la luz no funciona, te propongo cenar en mi casa si quieres, tengo la cena a punto y siempre hago como para dos. Tómalo como lo que es, una ayuda mutua, tú no quieres estar sola y yo tampoco, a mi no me gusta el silencio y a ti la soledad.
Ella lo mira complacida y a pesar de su gesto de confusión ante la propuesta, responde con un sí casi inmediato y desaparecen detrás del portal del edificio de Julio que por primera vez no le parece ni pesado ni gris.
Unas velas y un ambiente íntimo, la cena aún no se ha enfriado y aunque la pasta no está en su punto exacto, se puede comer sin problemas, es fresca y biológica, piensa. Antes de empezar a comer vuelve la luz a la casa, se enciende la cocina, la radio se conecta y ellos se ven completos sin sombras ni intuiciones fisonómicas. En un acto despreocupado, Julio apaga la radio para escuchar la voz de Gloria sin interrupciones y cuando ella ya se había ido prometiendo volver el jueves a cenar de nuevo, Julio se da cuenta que en tres años y medio era la primera noche que por fin Marga se callaba.

La cena (I)

Esa tarde Julio volvió del trabajo más temprano que de costumbre. En un arrebato de cuidarse (como venía escuchando en boca de todos sus amigos últimamente), decidió entrar en una tienda y comprarse uno a uno los ingredientes de la cena que iba a prepararse. Compró cuidadosamente y partió a su casa a dejar que el tiempo y la actividad culinaria ocuparan otra vez la soledad de esa noche. Lavó y picó las verduras, alineaba cada pedazo en la sartén mientras que sus manos, bastante expertas, disfrutaban con la vibración del cuchillo y el repiqueteo irregular del corte.
La cocina, era un espacio amplio y limpio como él, en el aire flotaba el tiempo y en sus oídos la voz de la radio lo acompañaba con una cadencia raspada y tranquila. Cocinar para Julio se había transformado en una terapia desde que Ana se fue. Eran estos momentos, los de picar, mezclar y freir, los únicos que le permitían una comunión transparente consigo mismo, el único espacio donde liberaba su mente y dejaba respirar a sus emociones. Es curioso, desde que me dejaste empecé a cocinar. Al principio, como una simple necesidad alimenticia. Pasé del arroz y las pastas a platos cada vez más sofisticados, quizás por soledad o quizás por aburrimiento, pero ahora al cabo de 3 años y medio me he convertido en un verdadero gourmet, pensaba mientras que rociaba delicadamente con pimienta la salsa blanca que borboteaba en la sartén. La voz de la radio seguía hablando de fondo, Julio nunca la escuchaba, simplemente le gustaba sentir el murmullo de una voz cerca de él porque el silencio a veces es un compañero insoportable. En realidad, desde que estaba solo, el silencio no era otra cosa más que eso, una inquietante asfixia, un intruso incómodo.
Era una voz femenina y madura, siempre la misma cadencia, siempre el mismo ritmo nocturno y pausado de la tertulia y siempre la misma tristeza fingida a la hora de despedirse que dejaba en Julio una nostalgia efímera cada noche. A pesar de la temática miscelánea del programa que conjugaba literatura con entrevistas a artistas y algún que otro concierto clásico, Julio no ponía atención al contenido, es más, había noches que ni siquiera podía recordarlo. Ni las entrevistas ni la música ni los invitados, sólo el tono de voz sublime de Marga, arropador y sereno que venía acompañándolo en sus cenas durante un tiempo ahora demasiado largo.
Hacía tres años y medio que cocinar era un ritual en sus noches, una actividad litúrgica que sólo variaba los ingredientes del plato pero que seguía con orden perfecto, casi maniático. Llegaba a casa, encendía la luz del salón y respiraba hondo cada vez, como llenándose de aire, como tratando de inspirar toda la soledad que flotaba entre esas paredes y que se le había instalado en el pecho. Después siempre lo mismo, dejaba su chaqueta y su maletín de oficinista en la mesa y se dirigía a su santuario de azulejos blancos y ollas vacías. Comenzaba picando la cebolla siempre y dependiendo de la naturaleza de la receta, continuaba con los ingredientes de las salsas o la cocción al horno que era la más lenta. Para ese momento, la voz de Marga ya inundaba la cocina desde hacía un buen rato, exactamente desde que el primer cuchillo había comenzado con el corte mecánico de la cebolla preliminar.
La salsa estaba casi al punto y a la pasta fresca que había comprado esa tarde en la tienda carísima de productos biológicos “para cuidarse” sólo le faltaban 2 minutos según las instrucciones y un poco más de 3 según su intuición de cocinero meticuloso. De repente un pitido agudo y largo se escucha en toda la casa. Cuando este se disipa, viene otro más brusco y seco que finaliza en un apagón de luz total, en la desaparición gradual del color anaranjado de la vitrocerámica y en el silencio rotundo e insoportable de Marga.
Julio se desencaja, no sabe qué hacer, se altera y comienza a respirar cada vez más rápido. Su rutina quebrada, su cena inacabada y el silencio invadiéndolo como un castigo injusto. Mira por la ventana y no hay luz en ningún edifico cercano, es un apagón general en el barrio, la gente ha salido a la calle con linternas y hacen grupitos en la acera. Julio actúa sin demasiado control de sus movimientos, sale violento por la puerta, baja las escaleras de dos en dos corriendo pero a tientas y abre de un empujón el portal pesado y gris de su edificio. Nada más poner un pie en la calle, toma aire y respira, deja que la brisa tibia que precede al verano le toque la cara y haciendo un gesto de calma, sube la mirada y la fija.

sábado, 9 de mayo de 2009

Luminiscencia

Probablemente podría recorrer tu espalda a caballo y sumergirme en la poza tibia de tu pecho, durante horas. Probablemente mis sueños son del mismo color que tienen tus ojos y están fabricados de aquel material del que me hablabas: de ficción. ¡De ficción estamos hechos!, te gritaba, mientras tú seguías buscando sinónimos de la palabra fosforescencia en tu diccionario de ficciones. Fotogénesis, fluorescencia, fotoluminiscencia, luminiscencia, sí...también nos pensábamos luminiscentes.
Jugabas a a encontrarme en las habitaciones a oscuras y me dabas nombres y me inventabas reinos y me pedías que no hablara, que preferías el silencio. Pero yo volvía a preguntarte de nuevo, ¿de qué color son mis sueños?, dime, ¿de qué material están hechos mis sueños?.

viernes, 24 de abril de 2009

El sauce llorón

Presenciaste día a día la muerte del sauce como quien es testigo de una tragedia teatralizada. Yo te observaba por las tardes cuando a tu hora preferida, esa en la que el cielo se arremolina, como decías, podías permanecer observando durante ratos largos como ese gigante encorvado iba cediendo a su suerte. Era como presenciar la muerte de un coloso, pero no, para tí era algo más; para tí era algo más que la muerte de un árbol, por lo menos eso me indicaban tu expresión ensimismada, tu rostro de incomprensión frente a la escena y el movimiento de tu dedo índice chocando con el pulgar con insistencia, señal inequívoca y maniática de tu nerviosismo que tanto llegué a conocer.
El sauce se desplomaba poco a poco y tú me decías que te daba pena, que te daba tanta pena como ese árbol llorón te dejaba...
Pasaron 7 días, una semana exacta para que aquel Hércules llegara al fondo de su decandencia y se desplomara dejando 50 años de madera y de ramas, de historias y de conversaciones a su sombra, de niños que se hicieron grandes y de niñas que se volvieron viejas.
Pasaron 7 días exactos en los que te acompañé, inexperta, tocando tu brazo con cariño y viví contigo como aquel hongo de la miel se lo comía. 7 días son tan pocos para llevarse tanta vida, me decías. Y recogimos sus trozos y limpiamos su presencia inherte. Nos inventamos otra sombra para comer en primavera y para dormir la siesta en las tardes de verano; ya no habían niños para jugar en sus ramas robustas y no tuvimos que inventarnos otro sauce para que saltaran en sus ramas.Y la vida siguió sin en el sauce. Pero ahora, ahora tú tampoco estás...también te llevó un hongo tan rápido que yo,inexperta,sólo atiné a quedarme perpleja.
La diosa ha muerto grandiosa como el final de una ópera. Y repartimos tus recuerdos en dunas de arena y he guardado, aquí, en mi pecho tu presencia. ¿Qué pensarías entonces? ¿Qué sabía el cáncer de tí en aquella época?

sábado, 18 de abril de 2009

Flor seca

A veces me gustaría colgar mis pensamientos
como una flor seca.
Hacia abajo, paciente, quieta.
Dejar caer los brazos lánguidamente,
sin buscar dirección ni puerto.

¡Abrazar la vanidad más atrevida!

A veces me gustaría colgar el eco de tu voz en mi voz,
insensibilizar el sentido que me embarga,
coquetear con el sueño más profundo
mientras el mundo, afuera, se desarma.

A veces me gustaría anestesiar mi cabeza,
tratar de poner movimiento a mi pausa ingrávida.
Catarsis neuronal por momentos.
Catarsis corporal por defecto.

A veces me gustaría enmudecer las caricias
que mañana mostrarán las garras,
tratar de curar despedidas,
olvidar las palabras.

lunes, 13 de abril de 2009

Dos semanas

Ella era rubia, de ese tipo de rubio que sólo tienen las personas nórdicas, casi blanco; un rubio que más que rubio es una ausencia de color. Él ya tenía el pelo totalmente blanco y, adivinando, por su fisonomía y el color casi transparente de sus ojos, no debía haber sido muy distinto a ella en ese sentido en su juventud, si no rubio, de pelo castaño muy claro. Ambos rondaban, pienso, la sesentena pero reían y miraban su entorno con las curiosidad de los niños, con los ojos grandes abiertos generosamente y una sonrisa displicente dibujada en el rostro.
Ella daba muestras de haber sido una mujer muy bella años atrás. Con un cuerpo silueteado y unas piernas firmes, no dudaba en pasear por el jardín de la casa donde alojaban cubierta con un pareo de color morado, con minifaldas muy ajustadas o, incluso en bikini durante los días de más calor. Él no se quitaba nunca unos pantalones cortos de leñador y rara vez dejaba al descubierto su torso, sin embargo, y a juzgar por la fuerza con que cortaba la leña cada tarde, seguramente gozaba de una musculatura de hombre delgado pero consistente.
Se reían, se miraban durante minutos largos y se regalaban sonrisas mientras tomaban el té en el jardín de la casa. Siempre la mesa rebosante de pasteles alemanes, siempre las tostadas de pan oscuro y una tetera blanca coronando la escena. Él leía durante estas largas sesiones que compartían cada día a media mañana y a media tarde. En realidad, nunca los ví comer otra cosa que no fuera un kuchen o cualquier otro pastel alemán, es decir, nunca los ví compartiendo un solomillo o un pollo al curry y tampoco los ví beber otra cosa que no fuera té; aunque, estoy segura que lo hacían, pero en el interior de la casa probablemente, donde yo ya no podía verlos.
Ella, entre taza y taza de té, cosía telas de colores, unía retales de materiales diversos, ora terciopelo, otrora seda o tejido vaquero y les daba forma con una pequeña máquina de coser de viaje que parecía más bien de mentira. De vez en cuando, perdía la mirada en el horizonte y cerraba los ojos como tratando de saborear el aire. Una breve pero rotunda expresión de gozo.
Se miraban. ¡Dios con cuánta dulzura se miraban! Y yo me preguntaba cuál sería el secreto de su aparente felicidad de pareja madura, de qué manera dos personas pueden compartir tantos años sin aburrirse el uno del otro y no terminar odiando los tés a media tarde y el mismo cuerpo, siempre, a tu lado en la cama.
- Quince días al año, me dijo el dueño de la casa cuando me sorprendió embobada observándolos una tarde en el jardín.
-Quince días durante veinte años seguidos, no está mal, ¿no crees?, me increpó.
-¿Cómo?, respondí sin entender exactamente a qué se refería.
-Llevan viniendo veinte años siempre en la misma fecha, durante la misma cantidad de días. Cada uno deja su vida en espera y se reúnen aquí para vivir esta otra vida de quince días cada primavera, continuó.

Marion era una mujer casada, tenía dos hijas ya de 35 y 37 años y tres nietos pequeños y rubios como ella. Paul era soltero pero sólo por decisión propia, pues había sido un joven apuesto y acomodado a quien no le faltaron oportunidades ni amores prometedores, pero era una persona solitaria y la idea de compartir la vida con alguien durante más de quince días nunca le había llegado a seducir del todo. Así que dejó pasar varias mujeres maravillosas por su vida que se fueron de la misma manera que llegaron, en silencio. Los dos eran profesores en Alemania y se habían conocido veinte años atrás trabajando para una pequeña escuela de un pueblo cercano a Frankfurt donde Marion impartía clases de arte y Paul de historia a jóvenes de secundaria.
Sus vidas ya estaban trazadas cuando se cruzaron; ella casada, con dos hijas y un marido al que quería como a un compañero imprescindible, y él que para ese entonces ya había tomado el camino de la soledad. Se enamoraron, pero se enamoraron como se enamoran los marineros, con la conciencia de otros puertos, con el fervor de la intermitencia y con la absoluta necesidad del reencuentro. Se escapan dos semanas cada primavera a aquel lugar anónimo a acariciarse, a regalarse por un breve espacio de tiempo lo que el uno podría haber sido para el otro cada día, pero lo que en quince días cada vez nunca se agota. Y de esta forma, sólo de esta forma, parece que lo han convertido en eterno.

sábado, 11 de abril de 2009

Lo que busco.

Lo que busco no tiene nombre ni huele a nada que conozca. Lo que busco tiene que ver con horizontes y romanticismos viejos. Busco un acento dulce, un abrazo para perderme, una risa que me lleve donde quiera. Quisiera cerrar los ojos y aparecer en tu rincón favorito y navegar esta noche hasta donde se despide la luna. Contigo.
Lo que busco tiene que ver con la historia, tiene que ver conmigo. Tiene que ver con las lágrimas que derramo sin motivo, con los secretos que tengo y con las historias que puedo hilar con una palabra. Tuya.
¡Simple deseo!
Lo que busco sabe a sal marina y suena como suenan los grillos. Lo que busco no tiene color pero se entretiene contando luciérnagas en las noches de verano y se duerme con el canto de las ranas de la acequia.
Lo que busco...lo que busco me acompaña. Lo que busco no necesita explicaciones de mi humor imprevisible y de mi puta sensibilidad que me traiciona. Lo que busco entiende la necesidad de una caricia con un gesto o la inmediatez de un susurro con una mirada. Tu susurro.
Lo que busco tiene los ojos transparentes, la voz infinita y el abrazo generoso...y se funde, siempre, con mi cariño.

jueves, 9 de abril de 2009

Quiero tocar la luna

Me gustaría colgar mi cabeza y dejarla secar durante días.
Me gustaría tanto tener el método exacto para desalojar esta inquietud latente que grita y no se calla. La cala, la montaña...hoy he podido hablar con los pájaros. Me han contado que el sol se apaga cada día detrás de tus ojos y que debajo de tu piel duerme la luna. La luna hoy aparecerá plena...y tengo ganas de tocarla.

miércoles, 8 de abril de 2009

Una pregunta mordaz

Imprescindible, para mí eres imprescindible, le dijo mientras se tocaba el pelo con nerviosismo.
Al escucharlo sintió como cada poro de su piel se cerraba en un efecto similar al de los gatos cuando se encrispan ante un peligro. Efectivamente, sintió como el peligro se instalaba en su cuerpo después de oir esa frase, esa confesión desaventurada que ella no era capaz de callar más, que ella necesitaba gritar para que todos lo oyéramos.
-No puedo soportar tus manifestaciones de amor constantes, ¿es que acaso tienes que gritarlo a los cuatro vientos?

lunes, 6 de abril de 2009

Reflejos

Tengo como un pellizco en el alma,...una inquietud, que de insistente, ya ni siquiera sé cómo se llama.
Te he dicho alguna vez que me cuesta ponerme los zapatos del derecho? ¿o que, por ejemplo, doy dos vueltas sobre mi propio eje antes de sentarme? también, y sin quererlo, escondo los dedos pulgares de la mano cuando las cierro como hacen los niños.
Me gusta cantar canciones de cuna y tengo una cierta debilidad por los cuentos infantiles.
Me fascinan las cremas y me lavo las manos demasiadas veces al día, como en un frenesí inentendible, quizás con cierta manía.
A veces lloro, a veces lloro desconsoladamente hasta que me quedo sin lágrimas. Pero también soy capaz de ensordecerte con una risa loca que me llena la boca. También me pierdo entre la gente del centro de la ciudad donde vivo y los miro a la cara y me reflejo en sus rostros, la mayor parte de las veces, sombríos.
Soy incapaz de no matar a una araña cuando las veo, por pequeñas que sean...las mato a todas. Me mareo con la sangre y muy a menudo cuento las canas que tengo: son sólo 7.
¿Te he contado que me alguna vez me gustaría vivir en la Edad Media? y ¿que adoro el aceite de oliva? ¿Te he contado que no me siento muy distinta a cuando era adolescente? ¿y que tengo pánico a hacerme vieja?
¿Te he contado que extraño infinitamente la voz de mi abuela?
Hay tantas cosas que podría contarte y que están en silencio haciendo fila india. Siempre en orden, calladas, mudas. Hay tantas cosas que se amontonan y salen disparadas en estúpidos reflejos inmediatos. Son reflejos de mí desdibujada.

sólo a veces

Te doy una palabra y me devuelves un cuento, te ofrezco una idea y con ella creas sueños.
Acariciarnos el alma, contar todas las hormigas del planeta aunque tú pienses que eso es imposible de hacer. Aunque pienses que es imposible, nado en la vorágine con un perfecto equilibrio que delira y huyo a las islas a contar atardeceres malva.
A veces, me pierdo...me destruyo y me reconstruyo. A veces, simplemente desaparezco. A veces me quedo sin palabras porque, a veces, duelen demasiado los pensamientos.
¿Sabes de qué material estamos hechos?

sábado, 4 de abril de 2009

Nostalgia

He conocido lugares donde las cabras pastan sobre los árboles y otros en los que los cerdos ladran con mirada inquietante. He conocido lugares donde la fantasía era parte del paisaje y donde mi alma, que aún es ingenua, buscaba tu risa infantil.
He conocido lugares donde los camarones caminaban en la orilla y donde un hongo, generoso, te abre mundos paralelos. He conocido lugares donde habita un conejo en la luna y donde en los equinoccios se dibuja una serpiente en la piedra.
He conocido lugares más pequeños que el planeta del Principito, donde puedes ver como el sol se funde con un mar infinito.
He conocido lugares donde los gatos se mecen en hamacas y los caracoles de mar guardan el secreto del silencio.
He conocido un valle donde puedes tocar las estrellas y donde los cementerios de los mineros del cobre esperan visitas que no llegan. He conocido un manto de flores del desierto y un mar de sal en altura.
He conocido el fin del mundo y el sabor de las tortugas, he conocido las noches más calurosas del planeta.
He conocido el olor de la muerte y el rugido de la selva, el abrazo insistente de un mono y la ternura de las ballenas.
He conocido la nostalgia tantas veces.

He cruzado el mar

He cruzado el mar para calmarme, he dormido sobre el runrún de las olas para acunarme.
Estoy tratando de hablar en esta confusión de palabras malsonantes y en esta torpeza inútil que me desgasta.
¿Por qué siempre el motivo se repite? ¿Por qué estoy hecha de este material tan previsible?
He cruzado el mar para hablarme, me he mecido en la orilla para escucharme.